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Una segunda oportunidad con forma de óvalo

Actualizado: 16 de feb de 2019

Nicolás Hernández pasó de policía a delincuente y de preso a jugador de un equipo de primera división de rugby

Nicolás Hernández llegó a la entrevista "hecho pedazos". Y no era para menos. Se levantó como todos los días a las 5.30 para llegar en hora a su trabajo en la empresa de jardinería Reverdecer. A las 7.00 comenzó a cortar el pasto de las veredas y las rotondas de la Avenida Pedragosa Sierra de Punta del Este a la altura del Centro de Convenciones y no paró hasta las 17.20, cuando llegó a la intersección con la Avenida Roosevelt. Tres kilómetros de pasto cortó ese día.


La jornada del joven de 24 años no terminó cuando apagó la máquina en la rotonda ubicada a dos cuadras del Punta Shopping. Hernández volvió a su casa en la zona de El Golf, tomó su bici y pedaleó 10 minutos hasta el Lobos Rugby Club. Allí entrenó dos horas, como lo hace cuatro veces por semana desde el 8 de junio, dos días después de haber salido de la cárcel.

"Cualquiera se puede mandar una cagada", aseguró Hernández. La suya fue en 2015, cuando tenía 21 años. Disfrutaba de un buen puesto dentro de la policía de Maldonado, de donde es oriundo, de una casa propia donde vivía con su pareja y su perro, de un auto y una moto. Pero su trabajo, lejos de mostrarle el camino recto, le enseñó el de la noche, las drogas y las malas influencias. Hernández, que fumaba desde los 15 años comenzó a consumir cocaína, marihuana y alcohol.

"Eso (la noche y las drogas) lo conocí siendo policía, antes no lo conocía, salvo los cigarros. Yo no voy a andar quemando a la gente pero todos saben que hay policías que andan para la misma y no se nota", aseguró Hernández.

Una noche, un conocido le dijo que quería salir a robar un comercio y él aceptó acompañarlo. "En mi vida robé una manzana. Me daba cosa solo ir a un puesto y robar un huevo. Tenía un cagazo bárbaro, pero pasa que cuando andás en la rosca no pensás", explicó Hernández.

Su compañero entró al comercio, amenazó a los presentes, salió sin robar nada y se subió al auto de Hernández que lo esperaba en la puerta. Unas cámaras de la zona identificaron el coche y en noviembre de 2015 el policía fue condenado a 3 años de prisión por tentativa de rapiña.

Hernández cumplió su condena (con excepción de los últimos meses) en el ex Complejo Carcelario Santiago Vázquez (Comcar), una de las prisiones más violentas del país. Por suerte para él, aunque sea estaba en uno de los módulos más tranquilos, el número 6. Allí se apartaba a los que consumían pasta base para tener un ambiente relativamente tranquilo.


"Pero peleas habían como en todos lados. Es normal que haya drogas y peleas. El encierro te lleva a eso, te volvés loco", explicó el joven de 24 años. Para colmo, su pareja solo lo visitaba una vez por mes hasta que "no aguantó más" y terminó con la relación. Su madre quedó embarazada cuando él fue condenado, así que él le pidió que no lo visitara para cuidarse y solo se veían cada 4 o 5 meses.

Un día, Hernández estaba trabajando en la quinta, una de las posibilidades que le ofrecía la cárcel para reducir días de pena, y vio que a 50 metros suyo había un grupo de presos jugando al rugby con otros jóvenes que venían de afuera. Se trataba de un grupo de rugbiers que participaban de la iniciativa Pelota al Medio a la Esperanza. Un programa que nació con la idea de promover actividades deportivas en barrios marginados y asociarlo a los valores de la tolerancia y el respeto. Con el tiempo se sumaron otras propuestas, como la práctica del rugby en centros carcelarios.

Hernández contó que pidió para jugar pero desde la cárcel no lo aceptaron porque era necesario que armara un grupo con su sector y porque, además, se priorizaba a los módulos más complicados. Pero insistió hasta que lo dejaron ir solo a las prácticas. El primer día, los jugadores de rugby le dijeron que tenía un buen físico para el deporte. Hernández contó que ese día los "pasó por arriba" a los otros presos y que luego de la segunda práctica lo llamaron para jugar en la selección del centro carcelario.


Matías Benítez, jugador de la Selección Uruguaya de Rugby (Los Teros) y coordinador de la parte de rugby de Pelota al Medio a la Esperanza explicó que más allá del físico, con los otros rugbiers vieron que el joven tenía compromiso y actitud, que es "lo realmente fundamental para superarse y dar frutos".

"Con el rugby empecé a cortar con las drogas. Vi que era el mejorcito y quería superarme”, contó Hernández, y explicó que, salvo el cigarro, dejó las drogas de un día para el otro porque veía como sus compañeros estaban "arruinados y consumidos" y eso le daba la motivación para no querer terminar como ellos.

Tanto compromiso tenía Hernández con el deporte que cuando estaba en su celda veía partidos de rugby por televisión y hacía musculación y ejercicios con pelota. “Estaba traumado”, afirmó. Cuando lo nombraron capitán se entusiasmó aún más.

"Los otros presos me miraban y me decían, ¿Vos venís de afuera? ¿Venís de la calle? No, yo hace dos años que estoy preso. Los locos me miraban y me decían que tenía toda la plata y yo les decía que no, que me rescaté. Me veían grande, contento, bien físicamente, y los locos estaban hechos mierda. Si dejás la droga, los malos hábitos y empezás a juntarte con gente que no está para esa, podés", aseguró el expresidiario.

Para Hernández, la mejor forma de rehabilitar una persona es con el deporte. El joven fernandino cuenta que al principio salía a la cancha con ganas de desahogarse. "Volvía sangrando de las prácticas. Era tanta la rabia que tenía, que salía con ganas de lastimar al otro, sobre todo a los gurises malhablados, los que te prepotean. Cuando volvía tenía que hacer reposo y tomar algún diclofenac, pero volvía tranquilo. Ahora no es tanta locura, ojalá volviera a tenerla", contó.

Para los últimos meses de condena, Hernández fue trasladado a la cárcel de Punta de Rieles. Allí los jóvenes de Pelota al Medio a la Esperanza, que eran jugadores de Los Teros, le insistieron con que, una vez en libertad, debía probar suerte en un club de rugby de primera. El martes 6 de junio de 2018, salió de la cárcel. Ese miércoles llamó a Lobos para pedir una prueba y el jueves fue a probarse y quedó.


Tenía miedo de cómo sería recibido en el club alguien recién salido de la cárcel, pero para su tranquilidad, no solo lo trataron como a uno más, sino que un día el capitán del equipo se enteró que estaba buscando trabajo y habló con un técnico de las inferiores del club —también dueño de la empresa Reverdecer— y le consiguieron un puesto. "No es un trabajo light, pero es un trabajo. Muchas veces salgo con el lomo deshecho. Le meto muchas ganas también como forma de agradecimiento a ellos que me dieron la oportunidad", explicó el expresidiario.


El rugbista asumió que le faltan muchos conocimientos sobre la táctica y técnica del deporte por aprender para estar a la altura de sus compañeros, pero también aseguró que le sobran ganas de aprender. Llegó con el campeonato por la mitad, por lo que solo jugó unos minutos en primera. Su idea es ponerse de a poco a tono con sus compañeros para comenzar a tener más participación en el club.


No piensa en otras instituciones, ni en tener la posibilidad en algún momento de ser citado en la selección, ni en emigrar a un país donde paguen por jugar al rugby. Hernández quiere estar en Lobos "hasta que el físico dé" para devolverle un poquito al club que le abrió las puertas cuando necesitó una segunda oportunidad.


Agustín Escudero / Eugenia Arana

Noviembre 2018

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