• Corcho

Todavía se arreglan zapatos

Actualizado: 15 de feb de 2019

Nelson Scialoia, dueño y único trabajador de la zapatería El Tano, arregla calzado mientras el negocio no se “extinga”

Sobre el vidrio, pintado a mano, unas letras rojas que dicen zapatería El Tano y en azul una promesa: compostura en el acto. Atrás del vidrio Nelson Scialoia sintoniza la Sport 890 y arregla la suela de un mocasín. La zapatería es chica, en forma de ele. A la entrada hay un repisa con zapatos arreglados que nadie vino a buscar y sobre la pared una foto de su cuadro de fútbol: El Ranger y la placa que le dio la Liga uy -liga de futbol amater- por sus 35 años de existencia.





En la zapatería hay un aire a cosas viejas, una mezcla entre cuero, cera para zapatos y humedad. Scialoia está abrigado porque por sus ventanas no entra el sol. Mientras arregla el zapato que le entró hace un rato, apenas antes de las nueve de la mañana, sabe que sus reparaciones están contadas y que en menos de diez años va a tener que dejar el local y probablemente la profesión.


“Está en extinción esto, se está terminando. No creo que dure diez años más, podrá quedar algún zapatero pero nada más. La gente no arregla, compra. Tarjetazo y chau. Ni yo arreglo mis zapatos, los tiro y compro nuevos, igual esto no se lo digo a los clientes”

Scialoia pertenece a un linaje de zapateros que se remonta hasta su bisabuelo. Su padre se fue de Italia en 1944 escapando de la pobreza de la guerra y llegó a Venezuela, donde estuvo siete años, para después venir a Uruguay. En Montevideo trabajó como encargado de una fábrica de zapatos, Gregor Siciliano, una empresa que exportaba dos mil zapatos al día a Europa, según cuenta Scialoia. Mirando a su padre fue como aprendió el oficio, porque además de su trabajo en la fábrica, tenía un taller en la casa donde hacía mocasines artesanales. Con diez años Scialoia le sacaba punta a los hilos y hacía los agujeros para los zapatos. Recuerda que antes había mucho trabajo en el rubro del calzado, “no como ahora que los chinos abarcaron todo y liquidaron la fábrica y el negocio”.


Al entrar a la zapatería, ubicada en Humaitá y Garibaldi, hay cierto orden. Un mostrador con facturas en papel porque no acepta tarjetas de crédito. A medida que se avanza hacia el fondo, el lugar va mutando de local comercial a depósito. Hay máquinas cubiertas por el polvo, una capa espesa de centímetros de desuso; hormas de zapato que hace una década no sirven de modelo, podrían estar ahí como un adorno pero están amontonadas con otro desorden de zapatos rotos. En el medio una silla, donde Scialoia se sienta a reparar una suela o cambiarle la “chapita” a un taco, el arreglo más común que suele ser para calzado de mujer porque “ellas se visten más”.


“Hay días que no entra ningún cliente, pero siempre tengo algo para hacer”, dice Scialoia y desprende la costura del mocasín con un movimiento brusco y fuerte pero el cuero sale intacto y la suela vencida en la basura. El zapatero dice que el negocio le da una renta de entre 25 y 30 mil pesos mensuales, después de pagar el alquiler y los gastos fijos. Si no fuera alquilado se quedaba “tranquilo” pero viendo como el negocio merma ante sus ojos piensa en volver a Europa, con su hijo de 19 años.


“Yo me quiero ir a España, o Italia, pero preciso 30 mil euros para instalarme y no tengo la plata. Mi primo tiene una zapatería en Bolonia y le da bien. Me iría con mi hijo, lamentablemente murió la madre de mi hijo el año pasado”, dice Scialoia.


Esa mujer, es por la que volvió a Uruguay luego de ir a probar suerte a Europa cuando tenía 26 años. Allá trabajó en la construcción, en la feria, en mercados de “cualquier cosa”. Ganaba bien y vino de visita a Uruguay, conoció a su mujer y no volvió más. Otra vez a Uruguay a reparar zapatos.


“Saco el molde, lo recorto, lo pego acá (muestra la parte inferior del zapato), mojo la suela y después lo abro a mano, la llevo a cocer. Esto no existe más, los fabricantes usan un recuperado de cartón. No existe más lo que uso yo, cuero de vaca”, dice mientras dobla el rectángulo de cuero que compró. Lo apoya sobre la mesa, después de despejarla, y dibuja la silueta a partir del molde. Queda sobre la mesa el pedazo de cuero que se va a convertir en suela, para revivir el mocasín que llegó esta mañana y se va a ir esta tarde, “como si fuera nuevo o mejor, yo por este zapato no pagaría 1200 pesos del arreglo, ni que fuera italiano”.

Para el almuerzo con un par de frutas alcanza y los sábados abre medio día para cerrar e ir a jugar al fútbol con sus amigos. Los domingos los pasa con su hijo y el resto de la semana solo en la zapatería, entre los zapatos que entran y salen; y los que nadie vino a buscar, los olvidados dentro de un oficio que se va difuminando en el olvido.


Mateo Peri / Juan Pedro Falco


Setiembre 2018

​© 2023 by STREET LIFE. Proudly created with Wix.com

  • Twitter Corcho
  • Instagram Corcho