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Próximo estreno: la jubilación

Actualizado: 20 de feb de 2019


Tras haber recibido un premio en Hong Kong por la mejor escenografía y vestuario, el diseñador Hugo Millán está pensando en retirarse de las tablas




A unos metros de la puerta del Sodre espera Hugo Millán para comenzar la entrevista. Su boina estilo francesa de color verde y su bufanda multicolor llaman la atención de cualquiera que pase por su lado. En la cafetería del lugar se pide un cortado y unos sándwiches de jamón y queso en pan integral. Todos los que atraviesan la cafetería lo saludan con cariño.


Ante la pregunta sobre lo que está haciendo ahora Millán respondió: “¡Estoy por jubilarme! Millán empezó a trabajar cuando tenía 15 años, a pesar de que a su padre no le gustaba nada esa idea. “Mi padre estaba furioso. Nos decía que teníamos que estudiar”. Su padre era mecánico y su madre modista. Ninguno de los dos les enseñó el oficio, a pesar de que a Millán le gustara la profesión de su madre. “Mamá nunca me dejaba tocar la máquina de coser”, añadió.

Su primer trabajo fue en un almacén. Trabajaba hasta la una de la tarde y después entraba al liceo a las 16.30. Lo que ganaba le alcanzaba para salir a bailar y no generaba gastos en su casa. Pero ese no era el único trabajo, también hacía asesoramiento de vestuario y pintaba cuadros al óleo por encargue. “Aunque no me gustaran los hacía. Esos cuadros típicos con paisajes de la época de los 60, que ponían en los livings, horrorosos”, recordó. Para Millán, en los cuadros ya había algo muy teatral, porque tenía que crear mundos que sin conocerlos los hacía. Vivir entre los oficios de sus padres que implicaban un trabajo manual y la construcción de las cosas, jugó un papel fundamental en la elección de su trabajo.





El golpe militar del 73 frustró su posibilidad de estudiar el bachillerato artístico porque “fue lo primero que se eliminó”. Y así empezaron las rebeldías de la edad en la vida de Millán. “Dejé, repetí, volví y me fui a hacer gráfica a la UTU”, dijo. Fueron tres años de estudio y el primero ya empezó a trabajar. En esa empresa de diseño estuvo 12 años de encargado en donde contó que no fue nada fácil tener 40 personas a cargo con 20 años. Después tuvo la suerte que Arnaldo Alti, un actor de la comedia nacional vio sus dibujos y le recomendó hacer escenografía en la Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático (EMAD).


Así comenzó su carrera. Trabajó como profesor en la EMAD y en la Universidad ORT, lugares donde continúa hasta el día de hoy. También hizo vestuarios para agrupaciones del concurso de carnaval como Curtidores de Hongos o Agarrate Catalina. Con esta úlltima comenzó a trabajar cuando estaban en murga joven y “eran apenas unos niños”, y su retirada fue en el espectáculo El fin del mundo. Llegó un momento que trabajaba de 7.00 a 12.00 de la noche, pero el cuerpo le empezó a pedir que pare. “Llega un momento que te explota la cabeza. Yo soy muy adicto al trabajo”, dijo. Esa dificultad de decir que no a los proyectos logró que no tuviera tiempo ni para cocinar. “No le digo que no a nada. Pero una vez un profesor me dijo: 'Tu carrera va a estar hecha de las cosas que digas que sí y de las que digas que no'. Hay cosas que hay que decir que no”. Con el tiempo aprendió a decir que no, pero admitió que algunas cosas son muy tentadoras para no aceptarlas.


La llamada


“¿Qué pretende usted de mí?”, pensó Millán cuando Julio Bocca lo llamó para decirle que quería tener una entrevista con él. Le pidió su portfolio, “¿Qué portfolio? Yo no tenía eso”, contó con gestos de sorpresa cómo reaccionó ante el pedido del bailarín. “Yo no tengo un registro de mi trabajo, pero ordené más o menos las cosas que encontré por mi casa”, dijo. El encuentro con Bocca fue en un “enero caluroso”. “¿Tenés el pasaporte al día? No. ¿Tenés visa americana? No, está vencida. Ah, porque tendrías que viajar a Atlanta”, así fue la contratación de Millán para el Ballet Nacional del Sodre.


El primer espectáculo fue El lago de los cisnes. “Un ballet muy pesado, pero el sueño del pibe”, dijo. Relató que aceptó el desafío con miedos y trabajó con pautas muy acotadas, “fue duro”. Admitió que diseñar para ballet no es lo mismo que para teatro. “A mí me habían enseñado a hacer un tutú en la EMAD pero pensé, esto no lo voy a hacer en mi vida”, pero las vueltas de la vida son otras y cuando se enteró que tenía que diseñar los tutú de todo el elenco buscó las clases de cómo hacer uno por toda la casa. El día del estreno, Bocca le propuso hacer El Corsario y esta vez, escenografía y vestuario.



“Nunca me imagine todo lo que me pasó. El Corsario lo disfrute mucho porque era desde cero, la fantasía sin límite”, dijo Millán. Recordó que una mañana a las 7.00 le sonó el celular. Era Bocca, diciendo que querían hacer el espactáculo en Hong Kong y que tenía que viajar hasta ahí. “Estaba muy dormido y le dije: a las 10.00 voy por ahí”, recordó. A los pocos meses estaba viajando a Hong Kong, y comparó su viaje con la película Perdidos en Tokio. “Eran las cuatro de la mañana y nosotros caminando por Hong Kong. Teníamos la sensación de cuando salís a bailar y estás arriba, pasado de rosca pero a la vez sentís que el cuerpo está destruido”, contó Millán y recordó que las horas de diferencia por el viaje, son sus enemigas.


Cuando fue a recibir el premio en Hong Kong, por la mejor escenografía y el mejor vestuario de El Corsario recordó una reflexión de una profesora de la EMAD: “El teatro los va a llevar a mundos que nunca pensaron, el escenario les va a abrir puertas y van a ver cosas increíbles”. Contó que cuando avisaron a la gente del Sodre que habían ganado “estaban todos como locos, era una fiesta”. A su padre le hubiera gustado estar en el momento que recibía el premio porque, según Millán “tenía una fantasía” con Hong Kong. Su madre tenía miedo del viaje, pero cuando volvió y le llevó el premio se sorprendió de lo pesado que era.


Millán vive en el centro, aunque sea ruidoso porque “todo le queda cerca”. Su apartamento es de 1929 y admite que no es una casa normal. “No me gustan las cortinas, los cuadros, nunca tuve cama hasta hace muy poco”. Ahora tiene una cama muy alta que se mandó a hacer, pero antes dormía con el colchón en el piso.


En el Sodre todos lo conocen, todos lo saludan, todos lo quieren. Conoce el edificio como la palma de su mano y tiene acceso a todos sus rincones. Al salir cuenta que aunque su padre fue mecánico, nunca aprendió a manejar, y por eso se toma ómnibus. “Siempre me compro el boleto de dos horas para aprovechar el viaje y mis amigos me preguntan ¿en cuántos te subiste hoy?”. Se despide y se va hasta la parada, riendo a carcajadas.


María Eugenia Arana / Agustín Escudero

Agosto 2018

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