• Andrés Da Rosa

Los Ibarburu desde su baterista

Actualizado: 23 de feb de 2019

Una pasión que comenzó desde chico, y compartida entre hermanos, llevó a Martín Ibarburu a convertirse en uno de los más prestigiosos músicos de Uruguay




Cuando se habla de cualquiera de los hermanos Ibarburu, inconscientemente se estará hablando de los otros dos. Porque sus historias comienzan juntos y cuando se separan se vuelven a unir. Son igual de reconocidos individualmente por su talento en sus respectivos instrumentos y mucho lo deben al trabajo realizado entre ellos.


Actualmente, entre otras bandas y proyectos que participan solos, juntos forman el Trío Ibarburu. Está compuesto por Andrés Ibarburu en el bajo, el mayor de los hermanos, Nicolás en la guitarra, y su hermano mellizo Martín, en la batería.



Para Martín, el baterista del trío, su instrumento debe ser simple: dos platillos, un solo tom, el redoblante y un bombo pequeño. Porque cuanto más simple, “es más fácil meterla en un taxi e ir a tocar donde quieras”, afirmó el baterista.


Desde pequeño entendió la música, al igual que sus hermanos, como algo parte de sí, no algo a lo que dedicarse laboralmente o un hobby. “De niños teníamos la pelota de fútbol, los instrumentos, íbamos a la playa, teníamos amigos que surfeaban. Era una cosa sola. No era que nuestros padres nos dijeron ‘vayan a estudiar sus instrumentos’, ni teníamos la idea de dedicarnos a esto”, recordó el baterista.


Su relación con la batería comenzó temprano, cuando su primo comenzó a darles clase a él y a Nicolás. Ambos comenzaron aprendiendo a tocar la guitarra, pero solo Nicolás le encontró el placer. A Martín le “embolaba la guitarra” así que pidió aprender a tocar la batería. Ese mismo primo le dio las primeras clases con una batería vieja y los once años su madre le regaló su primer batería que venía con clases de regalo.


— ¿Cómo surgió la primera banda entre hermanos?


— Mi hermano (Nicolás) tocaba la viola, Andrés también tocaba la guitarra. La batería que me dio mi mamá no fue un regalo para mí, sino para la banda. No tenía pedal de bombo, pero no pasaba nada, yo le pegaba patadas.


Los tres tenían sus instrumentos así que comenzaron a tocar juntos. Los primeros ensayos de esa banda aún sin nombre, fueron difíciles. Nicolás no tenía una guitarra eléctrica y utilizaba una guitarra acústica. Entre las patadas al bombo y la fuerza con que Martín golpeaba el redoblante, era imposible escuchar lo que tocaban Nicolás y Andrés.


La solución fue sacar a Martín con su batería de la habitación y que tocara de memoria, separado de sus hermanos y sin escucharlos. Después de cada canción volvía a la habitación donde estaban sus hermanos a preguntar si había salido bien. “Así armamos nuestra primera banda, tocando covers de Sui Generis y Hit”, recordó Martín.


— Luego de las clases de regalo, ¿con quién seguiste tus clases?


— Tuve clases con Alvin, el batero de Cuarteto de Nos. Y de ahí, fui a estudiar con el Cheche (Gustavo Etchenique, en ese momento baterista de Jaime Roos), a eso de los 15 años más o menos. Estudié con él como dos años. Tengo el cuaderno guardado todavía. Fue como EL profe. Después estudié con Osvaldo Fattoruso, que también fue una super influencia, y con Nico Arnicho.


Toda la dedicación que le daba a la batería, como sus hermanos a sus respectivos instrumentos, no era buscando algo especial, sino simplemente porque la música le apasiona. “Llegábamos de la escuela y nos íbamos directo a ensayar”, recordó Martín.


En la misma cuadra donde vivían en Malvín, ensayaban Los Buenos Muchachos, en el garaje de la casa del Topo Antuña, guitarrista de El Cuarteto de Nos, y fue un lugar que le marcó. “Hace poco fui con Luciano Supervielle y pude ensayar ahí, y era el mismo garaje con los mismos pósters colgados en las paredes”, dijo el músico.


— ¿Cuál fue la primera experiencia en público?

— A los 13 años, bautizamos la banda Si 3. Comenzamos tocando en la avenida Gorlero (Punta del Este) y pasábamos la gorra. Al principio nos llevaba el padre de un amigo y luego nos movíamos por nuestros propios medios. Pero a los 16 agarramos un laburo en un boliche nocturno medio zarpado de Montevideo. Íbamos con permiso de menor a tocar covers de Pink Floyd, The Police y esas bandas.


Para entonces, los otros dos hermanos Ibarburu ya habían comenzado a componer sus primeras canciones. Poco tiempo después se sumó Gustavo Montemurro a la banda y generaron una amistad que se perpetuó y los unió en muchos proyectos futuros. “Montemurro entró cuando teníamos 15 y desde entonces no paramos de tocar con él.


Nos volvimos inseparables. Era medio pop lo que hacíamos entonces y llegamos a telonear a Fito Páez cuando tocó en el Centenario”, recordó el baterista.


Su corta trayectoria hasta entonces les había dado visibilidad entre músicos reconocidos de Uruguay. Pasarían cinco años hasta que el trío junto a Montemurro tuvieran su primera oportunidad en los grandes escenarios.


— ¿Cuándo conociste a Jaime Roos?

— El Cheche me invitó a unos ensayos con Jaime cuando tenía 15 años, yo era un nene y estuvo increíble. Es muy loco que a los cinco años terminé tocando en la banda de Jaime. Fue alucinante, pero también tenía mucha presión. A esa edad (20 años) tenía que tocar los temas que había tocado él (Etchenique). Tuve tremendo crecimiento, pero también una responsabilidad demasiado grande.


— ¿Y cómo te eligió para ser su nuevo baterista?

— En la época teníamos un grupo con Nicolás que se llamaba Pepe González, tocábamos música instrumental. Todavía no habíamos grabado ni nada, pero tocábamos música en vivo en varios festivales y él nos fue a ver. Me acuerdo que cuando lo vimos quedamos impactados. Le dije a Nicolás y a Gustavo (Montemurro) “Jaime Roos vino a vernos”. Terminamos de tocar y se fue. Había ido a vernos solo a nosotros. Se ve que nos andaba sondeando, porque estaba por cambiar la banda y bueno se dio.


El baterista recordó que entre que tocaban en Gorlero “pasando la gorra” con 13 años y que Jaime Roos los llamara a los 20, pasaron solo siete años, pero para él, fue una eternidad. “En esos siete años te pasa de todo por la cabeza. Te forjas vos y tu percepción del mundo y lo que hacés”, afirmó el músico. Haber tomado el lugar de su maestro podría haber sido una situación incómoda entre Martín y Etchenique, pero la relación no se vió afectada.


Habían logrado un salto único en la música, pero era necesaria una adaptación al estilo del cantautor uruguayo. “Nosotros veníamos de tocar rock y aquél (Jaime Roos) nos pasaba los discos para que escucharamos. Empecé a practicar Marcha Camión (estilo de batería de murga). Es como que aquel vió algo en nosotros”, contó el músico.



En 1998 Jaime Roos se tomó una pausa de la música de dos años. Martín aprovechó ese tiempo para mudarse junto a su novia a Ámsterdam.


— ¿Cómo fue ese tiempo en el exterior?

— Estuve 1 año en Amsterdam, fue divino. Allá estaba Leonardo Amuedo, un ultra salado que tocó con mucha gente famosa. O sea que otro uruguayo podría hacerse un lugar. Por suerte conseguí laburo con un cantante portugués bastante conocido. En esa época Nico iba a venir conmigo con Noelia Campos, pero lo llamó Fito (Páez) para tocar en su banda. Y ‘ta’ tuvo que dejar todo, devolver los pasajes e irse a Buenos Aires.


— ¿Porque volviste de Holanda?

— Arrancaba Jaime y extrañabamos. Mi novia, a pesar de haber sido criada en Holanda, no estaba tan copada. Yo tenía laburo pero me agarró como un pánico y me di cuenta de que quería vivir en Uruguay. A los pocos meses que volvimos, una semana antes de que Fito Páez presente el disco Rey Sol, se les va el batero, y me llamó. Me acuerdo que atendió mi novia y dijo “-¿hola quién habla?” “-Fito Páez”. Y ella dijo “Si, claro y acá Greta Garbo”. Agarré yo el tubo y me dijo “necesito que vengas ya con tu bateria, tenes una semana para ensayar para el show. Preciso que me salves”. Y me fui. Toqué un par de shows, y en uno estaba Charly (García) de invitado, una demencia.


Durante los veinte años que tocó con Jaime Roos, confesó haber evolucionado y mejorado, recorrió el mundo llevando su música desde Estados Unidos, pasando por Europa, Japón hasta Australia. Conoció gente importante de la música y tuvo momentos inolvidables.


— ¿Hubo algún momento en que la música te sorprendió?

— Si, claro. Una vez pasó una cosa muy loca en el hotel de Bariloche. Había un festival de jazz. Estaba Salinas, el Trío Fattoruso y un montón de músicos americanos re famosos como John Patitucci. Y también estaba un batero cubano, Horacio ‘el negro’ Hernández, que bajó los tambores al hall del hotel. Empecé a tocar con él, y bajaron todos los músicos del festival. Se armó una noche increíble. Por suerte tengo muchos momentos de esos.


— ¿Y cuál fue tu momento más bajo?

— Cuando nació mi hija estaba bastante mal de laburo y pensé en buscarme otro. Puse en venta la batería. Me agarró como una cosa que dije “tengo una hija, tengo que encarar”. En un momento me cayó la ficha y dije “si yo dejo la música voy a ser la persona más infeliz del mundo. Tengo que pensar justamente en mi hija, no le puedo dar un padre frustrado”. Tuve un re planteo fuerte en la cuestión laboral porque es un tema complicado la música. Uno lo asocia con el éxito y que para poder vivir de la música la tenes que pegar. Pero en realidad no es así.


Vos para vivir de cualquier cosa tenes que laburar, y si no te lo dan, tenes que generarte el laburo.

Luego de tocar en la banda de Jaime Roos, Martín participó de proyectos con otros músicos reconocidos de Uruguay: Jorge Drexler, Rubén Rada, Hugo Fattoruso, Martín Buscaglia y Luciano Supervielle entre otros.


El Trío Ibarburu es el primer proyecto solo entre los tres hermanos desde Si 3. En el 2013 lanzaron su primer disco Huella Digital, el cual fue precedido de mucha expectativa, teniendo en cuenta que se pasaron más de 20 años desde la última banda que tuvieron juntos. Su segundo disco, Ultramarino, se lanzó en 2016.


Martín confesó que el trío continuará componiendo para lanzar su tercer disco. Añadió que cada vez su sonido es más maduro y evolucionado, porque han aprendido de sus experiencias personales. Aunque admitió que se siente mucho más cómodo cuando son sus hermanos quienes están en los otros instrumentos.



Octubre 2018

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