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Los desiertos de Julen

Actualizado: 12 de feb de 2019

Federico Morosini es la voz, áspera y desafinada, de una de las bandas indies más importantes de Montevideo: Julen y la gente sola.





Federico Morosini tiene 27 años y las uñas largas para tocar la guitarra. Tiene una voz áspera que por momentos es más aguda y otras veces más profunda; mientras habla, su voz se va quebrando y parece que se emociona pero luego se ríe, demostrando que es solo un capricho de sus cuerdas vocales. Esta voz es la que usa para cantar en Julen y la gente sola, una banda indie que sacó su primer disco en 2014 y que ya es una referencia en la escena independiente local. Ahora, después de un año quieta, la banda está por sacar su segundo disco.  


Morosini empezó a tocar la guitarra en la adolescencia, cuando escribía hojas y hojas de lo que no se animaba a “decirle a las chicas”, contó. Esas canciones que hacía en su cabeza lo llevaron a comprarse una guitarra, pero él pensaba que no tenía la destreza suficiente para tocar el instrumento. Con lo que ahorró trabajando un verano se compró una y las canciones salieron de su cabeza pero siguieron sin salir del cuarto. Ahora, cuatro años después, suenan en internet y en muchos bares de latinoamérica. Canciones intimistas compuestas por un tipo en su cuarto, que hablan de amores fallidos y de gente sola. Letras fuertes y directas de problemas internos no resueltos.



“Ahora estoy con vos ¿me podés explicar qué me pasa? es mucho mejor que estar solo haciéndome la paja un hermoso futuro mi amor por nosotros espera y solo te digo que vengas conmigo y que me creas”.


Versos de Alquimista, canción del primer disco.



La primera vez que los padres lo escucharon cantar fue en un festival de murga joven que organizó el hermano. Morosini tenía 18 años y su hermano le dijo que fuera a tocar. Ese mismo hermano al que le mostró una de sus primeras canciones y con la “honestidad brutal” le dijo que era mala y que siga trabajando. Dos años después, “prácticamente obligado” hizo que toque en el festival.


Morosini es introvertido, habla bajo y casi para adentro. Mira mucho para abajo. Tanto que demoró media hora en pedir un café en el Bar Papiros, lugar donde van con la banda después de los toques. Pero los inicios de Julen y la gente sola se dieron gracias a sus pequeños actos de valentía doméstica. Al guitarrista de la banda lo vio por primera vez tocando temas de The Beatles en una parrillada. Después del toque se le acercó y le dijo “yo toco la guitarra y hago canciones, venite un día a casa a hacer música”, contó.


—Tenía como esos ataques de valentía, de repente era como que mi vida dependiera de esto, de hacer música. Mi vida ahora depende de que si conocí a esta persona y siento que tengo que hacer música con él, tengo que ir. Hay como un par de decisiones que fueron así, con Marce, el baterista, paso más o menos lo mismo. Nos conocimos en el liceo, él era el nuevo en ese momento, en el Miranda. Yo  había entrado en quinto, estaba más curtido, tipo tenia mi grupo de amigos, mi seguridad, mi falsa seguridad, y Marce había vuelto de España donde había estado seis años por la crisis y había vuelto en el 2011.



Julen, como le dice a la banda, tuvo una suerte de descanso este año, por lo que Morosini tuvo más tiempo para dedicarse a su proyecto solista: Fede Julen. “Es como un costado que sirve de descanso también, porque la banda lo que tiene es eso, esta demás y es divino pero es un desgaste. Como cualquier trabajo en el que vos pones todo tu cuerpo, tu corazón y tu vida. Yo tengo puesto todo mi cuerpo y corazón, mis expectativas, todo en la banda”, dijo.


Morosini quiere vivir para Julen y si bien la banda es autosustentable, todavía tienen que hacer otros trabajos paralelos. Él trabaja en el negocio familiar, una pequeña empresa constructora donde hacen trabajos de albañilería.  


Julen es una banda que funciona como una cooperativa, siempre que sobra un peso se reparte en partes iguales en todos los que hayan tenido algo que ver. “Desde el pibe que hizo la puerta, el que hizo el sonido, con todos”, dijo Morosini.


—Las personas tenemos que empezar a ser más conscientes de nuestra propia condición y a partir de eso bajar tres cambios y no funcionar en base a supuestos que no son y no existen y empezar a más, como a reconocernos más como humanos. Somos humanos, cometemos errores y a partir de ahí hay que buscar la solución, no hay otra que tratar de no cagarme en el lado, ayudar y ser solidario.


¿Te parece que las canciones de Julen hablan de eso?


—No, no.  Yo creo que antes cada uno tiene que tratar de resolver y después de eso jugar para afuera. Si no resolvés lo que está adentro tuyo, en tu corazón, está difícil. Nuestras canciones hablan un poco de eso.  Reconocerse como humano, como persona que se equivoca y a partir de eso tratar de encontrar un camino y transitarlo. Si bien estamos todos juntos, dentro de cada uno hay un desierto, estamos solos atravesando un desierto.


Desde su desierto escribe las canciones de sentimientos íntimos pero compartidos. “Lo que he visto desde el escenario y de relacionarme con la gente después de los toques, es que las canciones hablan de cosas que muchas personas sienten pero no se dicen, no se abordan y cantarlas es una forma de estar acompañado”, reflexionó el músico.


Para Morosini hacer música sobre la tristeza, no es reivindicarla, sino reconocerla. No como la música que suena en las radios. “Si en las canciones que escucho por ahí, en la radio, que todo el mundo escucha, hablan de estas cosas, yo voy a hablar de estas otras”, sentenció.


Juan Pedro Falco/ Mateo Peri



Octubre 2018

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