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Las Nazarenas: la talabartería eterna

Actualizado: 12 de feb de 2019

Un negocio familiar que busca persistir en el tiempo.


En una casona vieja en el centro de Montevideo, sobrevive la única talabartería que produce cueros en Montevideo, además de importar y vender artículos del exterior. Un cartel viejo y oxidado con letras marrones sobre un blanco gastado da la bienvenida al público a Las Nazarenas.


Al abrirse la puerta de entrada, una campana da aviso de la llegada de los clientes, que enseguida pueden percibir el olor a cuero trabajado y a campo. Allí, en la planta baja de la casona, Juan Carlos Variani, su hija Florencia y el nieto de su socio Gonzalo, atienden al público. Predominan los tonos de marrón y amarillo. Abundan las monturas y los rebenques. Colgados en las paredes, hay boinas, gorras y botas. En mesas de vidrio, cuchillos de distinto tamaño con mangos variados. Las Nazarenas es una isla en Montevideo, vieja en el tiempo y de la campaña uruguaya.


Hace 40 años que Variani abrió el local, pero ya lleva 60 como talabartero. Empezó a los 14, trabajando como vendedor en otra talabartería ya extinta llamada Pusi. En ese entonces, trabajaba de día e iba al liceo nocturno. Vendía, pero también fabricaba y fue de esa manera que aprendió el oficio, trabajando con sus manos y 23 años más tarde, abrió su propia talabartería.


Variani es bajo y vestía una camiseta polo y una bombacha de campo beige. Hablaba lento y por momentos se perdía en algún recuerdo. Amanece temprano y a las 8 de la mañana llega en su camioneta al local.  Vive en Malvín en un apartamento en planta baja porque su mujer camina con dificultad y usa un andador. Ya es jubilado de 61 años de trabajo, pero sigue en actividad en su negocio ocho horas al día, seis días a la semana.


Los artesanos de los artículos del local no se exponen al público. Trabajan en el taller en el segundo piso. Son dos hermanos, Juan y Javier Cáceres, que están allí hace más de 30 años. Sus manos son las encargadas de hacer con cuero muchos de los productos que se venden en la talabartería.

La radio con el folklore de fondo acompaña a los hermanos Cáceres en el silencio de sus jornadas laborales, interrumpido por el sonido de las máquinas antiguas y oxidadas. Llegaron a tener 15 empleados en el taller, pero hoy son solo dos.




La talabartería es un rubro en peligro de extinción. Aunque Variani confíe en que el negocio seguirá caminando y por eso se lo dejará a su hija. La realidad es que las ventas han disminuido considerablemente. “Los 80 fue una buena época porque trabajabamos para el ejército y para el gobierno. Le vendíamos a UTE carteras, portaherramientas, guantes. Fue una buena etapa”, señaló Variani.


Pero que el gobierno haya dejado de ser uno de sus primeros clientes no es la razón principal por la que hayan bajado las ventas. “El campo cambió. Los peones ya no viven más en el campo, viven en la ciudad. Entonces cambiaron su estilo de vida. Ya no andan de a caballo, ni tienen tanta plata porque la gastan en la ciudad. Entonces no compran”, explicó Variani.


Además, las ventas en internet, donde muchas veces no se pagan impuestos, han truncado la producción de la talabartería. “Mucha gente compra y trae de Brasil monturas o cosas de mala calidad y después vienen acá para que se los arreglemos”, señaló riendo. Pero la única manera de sobrevivir es seguir adaptando el negocio a los cambios en la sociedad, para no quedar perdidos en el tiempo, en el recuerdo de la gente de campo que se equipaba en Las Nazarenas.


Mateo Peri/ Juan Pedro Falco


Noviembre 2018

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