• Corcho

De aplicaciones, pinceles y otras invasiones

Actualizado: 21 de feb de 2019


Una firma que antes de cumplir los 22 ya formaba parte del Patrimonio Artístico Nacional y que estuvo exhibida en Estados Unidos



Se abre lentamente la puerta. Un señor con barba blanca y tupida entra al atelier del pintor Emilio Bolinches con una bolsa de nylon abajo del brazo.


—Decí quién sos que no nos damos cuenta— dice Bolinches desde su silla y enseguida explica— este es Arturo, un amigo, ex combatiente tupamaro.


—Acá son todos licenciados y doctores, el único que no es nada soy yo— dice Arturo una vez adentro y le da la bolsa a Bolinches— Tomá, para el desayuno.


—Pero chiquito, vinimos a pata hoy— dice Bolinches mientras saca de la bolsa una botella de whisky.


—Mirá ese pez, estás para el rosado, qué cosa más rara, qué color raro. Hace calor acá dentro— dice Arturo parado al lado de un cuadro iluminado por una lámpara.


—¿Calor? Afuera hace calor, acá está helado— dice Leonora Sarubbi una amiga, que había llegado hace un rato para tomar un té.


Bolinches dejó la botella debajo de la mesa y se paró para ver uno de los trabajos de los alumnos del taller. Ellos están ahí, los alumnos, como parte del decorado vivo del taller que está en constante movimiento y Bolinches va y viene sin darles muchos lineamientos, dejándolos que hagan lo que quieran, “buscando los resortes que los estimulen”.


—Sacá ese verde confía, fijate, acá me molesta esto— le dice Bolinches a Lourdes, una tallerista —sacá todo esto. Voy a traerte una sillita, Arturito— anuncia hacia al fondo del taller con la mano todavía apoyada en el hombro de Lourdes.


—Parece la peluquería de Don Mateo— dice Bolinches mientras trae otra silla y se la pasa a Arturo por arriba de la mesa— va cayendo gente.


—Sí no calentás este ambiente, en quince minutos me voy— amenaza Leonora Sarubbi con su sacón azul sobre los hombros.


—No te enojes, Sarubbi. Siempre botoneando gente, pará, Sarubbi. Somos amigos yo tengo derecho a pararte el botoneaje que tenés arriba— responde Bolinches que se para y empieza a buscar algo entre el desorden de pinceles y pomos de pintura.


—No es botoneaje— argumenta Leonora.


—No me gusta que me botoneen y dos por tres botoneas. Te voy a traer la estufa a ver si anda en el uno porque tiene poquito gas. Prender el aire acondicionado a esta hora es un trastorno— explica Bolinches.


—Sino voy a caminar una vuelta manzana y entro en calor.


—Salimos a trotar un poquito chiquita, pero mijita. Trote con Bolinches, saquese el frío. ¡Venga a trotar con Bolinches!— dice a las risas el pintor y arrastra la estufa a gas hasta las piernas de Leonora.


—Por eso dicen que está loco, lo vamos a llevar a un nosocomio— dice Arturo sereno desde su silla.


Lo que antes fue la tapa de una lata ahora sirve de cenicero, que se llena y vacía con velocidad. Cuando llegaron los alumnos prendió una vela porque es clave para el templo; sin vela no hay ritual.





Como el cenicero, el atelier antes fue otra cosa, una tienda y todavía se ve en la fachada el cartel que dice compre más barato. Hace dos años, cuando se separó de su segunda esposa, Bolinches volvió a la Ciudad Vieja. Vivía en Solymar con ella y su hijo, “fue como pasar diecisiete años en la India, no venía nadie, a la gente solo me la encontraba en Punta del Este, que en verano tenía una galería ahí”, recuerda.



En la vidriera, ahora, hay cuadros con la firma de Bolinches y la puerta siempre está abierta. Una firma que antes de cumplir los 22 ya formaba parte del Patrimonio Artístico Nacional, que estuvo exhibida en Estados Unidos.


Una mesa larga a un costado y luego caballetes con cuadros del pintor pero también de sus alumnos. Telas de dos metros por un metro que Bolinches saca del caballete y arrincona sobre otras igual de grandes para dejar lugar a los alumnos. Hay tantas cosas en el taller que todo lo nuevo que entra, sea una persona, un cuadro o un caballete, necesita un re-acomodo de lo ya existente. Al fondo, un sillón enfrentado a una mesa ratona donde apoya su computadora y su silla giratoria desde donde puede ver todo el atelier. Un equipo de música, por momentos imperceptible por el ruido de la calle, que sintoniza radio Babel.





Bolinches tiene un buzo de lana puesto al revés y unos zapatos casi convertidos en pantuflas con manchas de pintura. Se sirve de un bidón de Salus agua alcalina que le trae una amiga. Se la recomendó el médico -luego de que le detectaron un cáncer de vejiga- para regular el ph del cuerpo.


—Hace un año y medio me operaron de cáncer de vejiga, sigo haciéndome tratamiento. Todavía tengo aplicaciones por un año y medio más y voy a tener revisiones cada tres meses de por vida. Son invasivas y complicadas, tuve que encontrarle la vuelta porque son muy invasivas. Hay gente que deja de hacerse el tratamiento y se muere, tenerte asi controlado es lo que te salva. Cada tres meses ven si me creció, si me tienen que operar o no, entonces es un salvavidas. Por algo me tocó, le decían el cáncer de los tintoreros porque las tintas envenenan y generan un depósito en la vejiga. Yo trabajé con una técnica de volar pintura durante treinta años. Me agarré el cáncer más adecuado que me podría haber agarrado, el ideal. Me dijeron que el factor del cigarro es importante, pero yo le adjudico mucho a la pintura. Siempre trabajé en ambientes ventilados pero indudablemente tiene peso. Entonces, si algo me tiene que pasar y me pasa por la pintura, que es a lo que me jugué la vida, es lo mejor que podía pasar. A su vez, embocar en esta época que hay formas para irte manteniendo, es maravilloso.


El cáncer no le cambió demasiado la vida, “ya había hecho los cambios necesarios”. Entonces el tumor, el posible enemigo, no fue tal. Su enfermedad es solo una cosa más en su vida, ni siquiera algo negativo, solo algo que pasó porque tenía que pasar.


—Es como que se me metió adentro, como que me envenenó pero no tanto, también me hace una caricia. A mi me vino un tumor y me abracé al tumor, en vez de odiarlo. Me amigué, lo desconcerté, estoy escribiendo sobre eso. Ya no tuvo más remedio que compartir cosas, vamos para acá vamos para allá no me rompas los huevos. Vamos a seguir y vivimos un poco más.





Leonora saca de una bolsa unos scones que compró en una panadería de Pocitos, y Bolinches arrodillado mantiene apretado el botón de la caldera eléctrica para calentar agua para el té. Hace dos tazas y le agrega edulcorante. Las revuelve con el mango de un pincel.


—Acá hacemos todo con pinceles. Cuando la gente se cae y se quiebra le hacemos un tableado con pinceles y listo— dice riéndose de su propio ocurrencia.


—¿El mio lo revolviste con un pincel?— pregunta Leonora.


—No no, el tuyo con una cucharita— dice Bolinches y le da la taza.

Los pinceles y las artes plásticas fue lo que le rumbió toda la vida. Nada le interesaba antes de descubrir la pintura. En el liceo no conectaba y no entendía nada. Cuando le diagnosticaron dislexia al hijo se dio cuenta que a él le pasaba lo mismo.


—Nunca me entró un sorete, nunca le entendí nada a ningún profesor. Lo único que entendía era buenos días, buenas tardes. Pasaba de año de pedo se ve.


—¿Te chupaba un huevo también?


—Cuando pedís explicaciones y te rezongan es complicado. Eso está bien tratado ahora, la dislexia. Porque Joaquín (el hijo) es un guacho que está bárbaro. Yo me reflejo mucho en él, porque él ya eligió hacer algo con dieciséis años, gastronomía. Yo a esa edad había elegido hacer escuela de UTU también pero de artes aplicadas y diseño gráfico. Cuando me interesó eso empecé a leer; yo no había leído un sorete, no me interesaba. Eso generó que empezara a interesarme por cosas y ahí empecé a leer, a tragarme libros de arte y me hice un ferviente lector. Me picó un bichito de interés. Es lo que yo aplico con los alumnos hoy en día, tenés que estar entusiasmado para generar. Si vos estas desestimulando no creás un carajo.




Tiene algunas telas, las que considera más importantes o mejores, guardadas para su hijo. Pero el resto es una obra viva que ocupa su taller, pasan de los caballetes al piso, a amontonarse una sobre otra en un rincón detrás de una estufa a gas para después volver a colgarse sobre la pared o el caballete, o incluso la vidriera. Sus creaciones, la pintura por las que se “jugó la vida” son solo otra cosa más en el taller, como la estufa, la computadora, como su tumor es solo otra cosa más en su cuerpo.


Un cuerpo que sufrió transformaciones internas por la pintura, que está manchado de óleo y tabaco. El mismo cuerpo que quiere empezar a poner en la obra, mediante performances. Su cuerpo que nació con una aptitud para la creación y que nunca necesitó de nada más que si para crear.





—Siento que nací como drogado para crear, nací como ya con una droga impuesta que me vuela mucho más la cabeza que cualquier otra falopa. Nunca me drogué para crear. Me vuela enormemente la cabeza. Yo siempre digo, nací drogado, como una droga incorporado. Para mí no hay mayor alucinógeno que la lucidez creativa.


No habla desde la ignorancia del sobrio, sabe lo que es estar drogado y tiene un poco de faso abajo de la mesa, que cada tanto le sirve después de las intervenciones en la próstata pero también para otras cosas. En su primer casamiento, cuando tenía 38 años, luego de la ceremonia religiosa tuvieron la fiesta en el salón de la Iglesia San Juan Bautista porque la novia quería casarse por Iglesia.


—En un momento entro al baño y estaba un amigo que había puesto un kiosco, viste. Cuando voy la tercera vez estaba el cura y me dice ¡holaaa!. Parecía el payaso Plin Plin, con la nariz toda blanca. Estaba tomando merca, era una cosa, el cura loco. Todos empapados. Piripipi volaba todo, estuvimos hasta las cuatro de la mañana, la capilla era hasta las 12 y no, nosotros, seguimos para adelante.


Seguir para adelante es lo que hace Bolinches en las telas, en la noche y en la vida. Él sabe que esto, la vida, sigue y no tiene ninguna intención en dejar de que le pase de largo.


Mateo Peri/ Juan Pedro Falco


Agosto 2018

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