• Corcho

Goles de alpargatas

Actualizado: 15 de feb de 2019


Dos de cal, dos de arena.


Carlos se toma un descanso a media mañana después de varias horas de trabajo en una casa en el barrio Shangrilá. Se sienta en el murito de la ventana, afuera, con los ojos entrecerrados por el sol que lo encandila y recuerda. Como buen fanático del fútbol, no hay historia que no tenga su que ver con la pelota y transitando una mezcla de sentimientos, por arriba del ruido de las herramientas manipuladas por su compañero de obra, cuenta.


Nació en el 1944, en una casa en Camino Carrasco y Gallinal y ya desde chico, sintió ese amor por la pelota. “Antes no existía el baby fútbol, siempre jugué en cancha de 11”, dice. Durante la primaria, después de estudiar en la Escuela Experimental de Malvín, Carlos se iba casi todos los días a la Plaza de Deportes de la Unión, donde pasaba toda la tarde jugando al fútbol con la gente del barrio.




Ya en sexto de escuela, arrancó a trabajar y no paró más. “En casa había que trabajar, no había otra”, dice. Comenzó arreglando cajones de madera de Coca-Cola y cerveza y con eso “hacía una moneda para la casa y para comprarme alguna merienda en la escuela”.


Así siguió hasta terminar sexto, decidió no hacer el liceo y ponerse a jugar al fútbol profesional. Con 17 años repartía su tiempo entre los pies y las manos, entre la pelota y el trabajo, entre el club Danubio y la Fábrica de Alpargatas. “Caminaba 35 cuadras todos los días, me encantaba, pero no había un peso”. Fue así que decidió cambiar de equipo y se fue a jugar a Basañez, donde “tampoco había guita pero al menos jugaba con algunos amigos del barrio”.


Con eso no alcanzaba y llegando a los 25 se fue a jugar a la liga del interior, a Peñarol de San Carlos. “Laburaba de lunes a sábado y los domingos me iba a Maldonado a jugar. Ahí sí ganaba una moneda y traía verduras para la familia”, recuerda. De ser un mediocampista de marca, el interior lo llevó a 9 de área, a ser goleador. “No me querían dejar patear los penales. Una vuelta me avivé y no había quien me la sacara. Puse la pelota ahí en el barro y me afirmé, viste. Cerré los ojos y me afirmé. Y me desgarré, acá atrás. Sentí como una pedrada y miré para atrás, a la tribuna y dije, ‘acá no van a llegar con una piedra‘. Fue gol, entró con barro, zapato y todo”.





Pero la pelota y el oficio en la Fábrica de Alpargatas iban a irse con la llegada de la dictadura. Su puesto como delegado del gremio de las alpargatas lo llevó a terminar preso por más de 5 años. La voz de Carlitos bajó de tono, como buscando que no lo escuche nadie, aunque no hubiera nadie que pudiera escuchar. “Fueron a buscar a dos tupamaros de la junta en el gremio. Agarraron a algunos, los torturaron y dieron nombres. Ahí me fueron a buscar. No era tupamaro, pero era delegado del gremio”.


“Entre submarino y picana buscaban información”, recuerda. Dice que nunca dio nombres y tuvo que pasar en un aljibe durante meses. “Eran tres cuchetas en un espacio muy chico. No había nada para hacer, no nos daban ni lápiz ni libros. Tampoco nos dejaban fumar cigarrillo. Nos dejaban salir dos veces al día”, dice Carlos, en ese mismo tono de voz bajito que cuando empezó a recordar esta etapa de su vida. La mugre era insoportable, tanto, que “dos compañeros se agarraron hepatitis”. En el centro del aljibe había un agujero que él y sus compañeros usaban de baño porque no los dejaban salir. La comida: “polenta, sin salsa ni tuco. Harina de maíz siempre”, se las bajaban con cuatro piolas sin cubiertos.


Recuerda que recibía un montón de cartas de sus compañeros de la Alpargatas. Sentía el apoyo de sus compañeros y respondía siempre de la misma manera. “Una vez un militar, amigo del fútbol, me ofreció salir. Le dije: “todos o ninguno”, pero no se pudo”, contó.


“En el 77 salí y me metí en la construcción”, cuenta. Hijo de albañil, se puso a trabajar con su padre y sigue hasta hoy con con el trabajo de obra, entre la mezcla de cal y arena. No volvió a jugar al fútbol, pero el sentimiento vive en los recuerdos de sus años corriendo atrás de la pelota.


“Hace unos años fui dueño del Bar Arrayan”, señala. “Es como una escuela, uno aprende mucho de los clientes que van a tomar una y contar historias”. Hoy se dedica completamente a la obra entre semana y los fines de semana disfruta de una casa de campo que tiene con unos amigos por el camino Tompkinson. Allí va con su señora y las parejas amigas. Sus hijos, hoy ya adultos mayores, siguen su rubro, uno arquitecto y el otro constructor.


Una duda de su compañero albañil pone fin al descanso de Carlos, que va directo a explicarle cómo hacer para destapar un caño. Se remanga su buzo de lana y mete las manos en el pozo, ya concentrado de nuevo en su trabajo, en la obra, en ese momento. Tiene que terminar para el viernes y no hay tiempo que perder.


Mateo Peri/ Juan Pedro Falco


Agosto 2018


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