• Corcho

El guardián del asfalto

Actualizado: 15 de feb de 2019


En la esquina, apoyado sobre un muro, observa a todos los autos que estacionan en su cuadra, tiene permiso y vigila.


Son las cuatro de la tarde y Raúl está en el patio delantero de una casa donde lo dejan parar cuando llueve. Entre las plantas del jardín hay cajas de vino tinto vacías que va dejando a medida que pasan las horas. Además, hay fierros y varillas que usa para defenderse de los “pastosos”.


—Yo soy creyente pa´mi. Cuando hay un pastoso en la calle rezo: ‘Señor, sácame este satanás de mi camino‘ y los diez minutos se va, pero te lo juro— dijo y se besó dos veces el dedo índice en forma de cruz— por mis nietos. Hace quince años que pasa todo el día en Garibaldi y Cornelio Cantera. Llegó un día de casualidad y nunca más se fue.


Raúl observa la calle, mira la esquina y saluda a un Pastor que entra en la Iglesia de al lado de la mano de sus dos hijos.


Antes de cuidacoches fue maestro panadero y vendedor en el Estadio Centenario. En otro momento fue policía. Es difícil armar una biografía porque los tiempos se superponen en la memoria del “Mono”, como le puso su padre de niño al verlo trepar por los limoneros. Va de adelante para atrás, buscando un orden en los recuerdos que comparte entre pitadas de cigarro y buches de vino.


Nació en Montevideo, en el barrio de Piria, donde vivió su infancia junto a sus 6 hermanos. Todas las mañanas caminaba diez cuadras hasta el colegio Santo Tomás de Aquino, de curas, donde estudió hasta tercero de escuela. Luego su familia se mudó y se cambió a una escuela pública, donde le costaba mucho seguir a sus compañeros.


—Lo que me explicaban no agarraba y no agarré, y tropezones y tropezones. Al final mis viejos me mandaron a una escuela particular para que agarrara y llegué a sexto.


Tiene 65 años y trabajó desde los 12 cuando terminó la escuela. En una panadería lo tomaron, con un permiso de menor trucho, para limpiar latas y cualquier otra cosa que hubiera para hacer. Ahí aprendió el oficio de panadero.

—A mi dame un poco de harina, agua y sal y te hago lo que quieras— dice debajo del techo con la lluvia cayéndole a centímetros de la cara.


Pasó muchos años de su vida adentro de una panadería, en Montevideo y Buenos Aires, pero llegado el momento dejó el delantal blanco y se puso el uniforme azul, de policía en el Penal de Libertad. Allí pasó de “mono” a “gato” por su bigote tupido pero también por cómo espantaba a las reclusos; pasaba el gato y todos para las celdas. Cuidaba el primer piso del penal, conocido como “el cante, porque iban los presos sin familia. Era un relajo eso, entré a sancionar a todos porque volvían del patio y no querían entrar a sus celdas”, cuenta Raúl. “Golpeaba un fierro con una llave, con la planilla bajo el brazo y gritaba: ¡adentro!”.


—Con niebla, tiempo malo y cerca de fin de año la cosa se pone peligrosa. Cuando la cárcel está tranquila, es porque va a saltar la bomba y si no hay fuga, hay algo. Te cortan una reja con lo que sea, tienen tiempo pa’ todo, una vez los encontré tratando de cortar la reja con una cuerda de guitarra.


Doce años después dejó el penal y volvió a la panadería por unos años, hasta que conoció la calle y se dio cuenta de que “ganaba más con los autos” que con la harina. Y allí se quedó, en Garibaldi y Cornelio Cantera.




Su jornada empieza temprano a la mañana, alrededor de las seis, con un mate caliente en su casa en Maroñas, donde vive con su esposa. Se toma el ómnibus de una hora hasta su lugar de trabajo y ya temprano, mientras amanece en la Blanqueada, compra su cartón de vino y una caja de cigarrillos, siempre 51 suaves. Abre el quiosco de la esquina, barre y limpia entre saludos de confianza a veces mal recibidos y observa.


Raúl observa y aunque la gente no lo conozca, él sabe quién es quién.


Porque más allá de acomodar los coches que estacionan y se van en sus rutinas diarias, no hace más que contemplar el movimiento del barrio. Saluda a todas las personas que pasan por su cuadra, “hola, vecino”, dice y los transeúntes lo saludan, entre nervios y desconfianza.



—Yo era Maestro panadero hace años en la Plus Ultra, acá a dos cuadras, podés preguntar por Carmen, la dueña— dijo Raúl— yo conozco Montevideo por las panaderías, me las sé todas.


Carmen, la dueña del negocio, dijo que trabajó unos años de asistente de panadero, que era responsable y cumplidor. Carmen remarcó que eran otros tiempos, veinte treinta años atrás, cuando la gente era “más responsable, ahora nadie se compromete con nadie, me faltaron tres empleados hoy”.

“El trabajo es como otra familia, no es lo mismo trabajar en un lugar que en la calle”, dice la dueña de la panadería al enterarse que dejó el oficio para dedicarse a cuidar autos.

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—Estar en la calle no es fácil, por suerte a mi me respetan— señala con cierto orgullo. Para él “la confianza de los vecinos” es lo más importante para ganarse el respeto de la gente del barrio. “Los mismos vecinos te hacen la garantía de boca a boca y después te empiezan a saludar”. Fue así que conoció a Patricia dueña del kiosco de la esquina, a quien ayuda a abrir el negocio y a limpiarlo. Ella lo describe como una persona “respetuosa y prolija con los demás, no con él mismo”.


—Es complicado, porque no sabés cómo va a venir, pero es de confianza. Acá, en el kiosko, se jugó la vida agarrándose a las piñas con uno que entró temprano— dijo Patricia, que también funciona como caja de ahorro. Raúl deja sus jornales ahí cuando quiere ahorrar para ir a ver a su hermano en Buenos Aires. “Va tres veces al año más o menos”, dijo Patricia.


El sol baja y Raúl sigue allí, en la calle. Espera hasta las 22:40 a que salgan los últimos alumnos de la Universidad Católica y se vuelve a su casa con su jornal irregular pero aproximado de 1000 pesos que hace entre el cuidado de los autos y la limpieza básica del kiosco. Cerca de medianoche, llega a Maroñas y cocina con los ingredientes que le compra su esposa, en abundancia, por lo general comida de olla, “porque cocino para el otro día”.


Mateo Peri/ Juan Pedro Falco


Agosto 2018


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