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Descubriendo artistas

Actualizado: 20 de feb de 2019


Las fundadoras y directoras de Taita contaron cómo surgió el centro de rehabilitación en donde el arte es su principal herramienta



En el barrio La Blanqueada, Mónica Nipoli y Estela Ureta reciben cada semana a 120 jóvenes y adultos con diferentes discapacidades. Al llegar a Taita no parece ser una asociación civil en donde funcionan 20 talleres. La casa es tan normal que se mezcla con otras del barrio. No tiene nada que la destaque, solo al acercarse a la puerta hay un cartel de madera con el nombre del centro. El patio está lleno de pequeñas plantas que son usadas para el taller de jardinería. Dentro de la casa se escuchan risas y sonidos de instrumentos musicales.


Mónica y Estela son las fundadoras y co-directoras del centro. Estela es profesora de educación física y Mónica es maestra especializada en musicoterapia. Se conocieron en una institución privada que ofrece varias actividades recreativas. En la década de los noventa, el sector de esa organización que trabajaba con personas discapacitadas dejó de funcionar. “Esa parte de la empresa cerró y dejó a 15 chiquilines solos, entonces nos propusimos armar un proyecto propio”, contó Mónica. Entonces surgió Taita como un centro de educación especial.


El Taller Artístico Integral de Trabajo Arte-Sano (TAITA) surgió con la idea de integrar el arte, la terapia y la rehabilitación. La idea de las fundadoras en un principio fue que el alumno se exprese y saque lo mejor de sí mismo. “Bucear dentro de las personas y que en todas las áreas que nosotras tenemos diseñadas aparezcan los artistas”, comentó Mónica. Con mucho orgullo mencionó que esa noche una de sus alumnas hacía una exposición de sus pinturas en el IMPO. “Nosotros decimos que voló, porque es una artista”, dijo Mónica.


“Yo creo que a los 30 y pico de años, si tuviera que empezar de nuevo, lo haría acá”, confesó Estela que en su caso, empezó a trabajar con personas discapacitadas de casualidad, cuando una de sus jefas le propuso trabajar con un grupo especial. “Bueno, ¡vamo' arriba!”, fue la reacción de Estela. “Con todos los miedos, todos los cucos y todo lo que uno trae, acepté”, agregó.


Ambas directoras trabajan simultáneamente en educación pública, Mónica en una escuela especial y Estela en un liceo. A Estela le gusta más trabajar en Taita que en el liceo, porque siente que los que van al centro aprovechan esa hora y valoran el trabajo que uno hace.


Pero también admitió que tienen que tener cuidado con las expectativas porque a veces se generan demasiadas y los chiquilines “no lo captan así”. “Aprendes que tenés que hacer de a poco, pero que siempre vas a lograr cosas”, dijo Estela.


“Acá no sabes cómo se mueven, ¡hasta los reclames bailan!”, mencionó la profesora de educación física, refiriéndose a lo desinhibidos que son los chicos de Taita en una clase de zumba. Lo contrario sucedió con sus alumnos liceales: “No había nadie en el medio, estaban todos pegados a la pared y nadie quería mostrarse. Y acá tenes que decirles ta’, ta’, vamo’ a parar”, dijo.


Los alumnos de Taita son en su mayoría jóvenes y adultos que asisten al centro para aprender a través del arte. Las directoras también procuran que una vez al año tengan la experiencia de trabajar. “Lo hacemos para que ellos sepan que si van a insertarse en el medio laboral, eso es lo que les va a tocar”, dijo Estela. “El año pasado nos pasó que en el medio de esta movida, era el cumpleaños de uno de los que no estaba en el proyecto y los que tenían que ir a trabajar decían ¡Cómo me voy a perder el cumpleaños!”, recordó entre risas Estela, que ante esa reacción tuvieron que explicarles que cuando uno trabaja, se pierde el cumpleaños o va más tarde. “No entendían que podían hacer las dos cosas”, añadió.

Comodines


Estela se levantó de la silla y tomó un portalápices de cerámica que uno de los chiquilines había hecho. “Esto no es perfecto, pero es hermoso”, dijo mostrándolo. Según ella, lo mismo sucede con la murga Comodines, el taller que tiene más convocatoria y en el que todos quieren participar. “la primera vez que escuchas la murga decis: ¡ah, cómo desentonan! Pero después te acostumbras, porque las letras son increíbles”, agregó Estela.


Comodines existe desde el 2003 y hoy en día la conforman 27 alumnos de Taita. Hace cuatro años que abren el desfile de carnaval en Montevideo. Mónica contó que en una de las retiradas cantaban “Hasta el Teatro de Verano no paro” y llegaron ahí, al Velódromo y a varios tablados más. Estela relató que en una de las actuaciones en Buceo, había tanta gente que “aquello daba miedo”, pero los chiquilines estaban en su salsa. “No tienen vergüenza, no tienen miedo, ellos encaran”, dijo.





Para Mónica, una de las cosas más significativas que le pasó en estos años fue cuando a Lucía le dio un ACV en pleno almuerzo. “Acá hicimos todo lo que pudimos para reanimarla y cuando llegó el médico dijo que tenía un coma 6, gravísimo”, recordó Mónica. Iban a visitarla todas las semanas a terapia intensiva, con la esperanza de que en algún momento se iba a despertar. “¿Qué hora es Mamá? Porque yo me tengo que ir a ensayar con la murga”, contó Mónica que eso fue lo primero que dijo Lucía luego de estar un mes en coma.


Esas palabras se ganaron el corazón de todos en Taita y por eso Lucía fue la elegida para decir una palabras en la entrega de la medalla Delmira Agustini. Con lágrimas en los ojos, Mónica recordó ese momento como si hubiese sido ayer.


“Cuando desperté lo primero que quise fue ponerme la ropa de la murga y subir al tablado pero los doctores decían que no podía. ¡Cómo no iba a poder si mis amigos me estaban esperando! Mamá dice que yo soy una luchadora, pero claro ella no sabe lo que es estar en la murga. No es que yo sea una luchadora es que soy comodines”, leyó Estela parte del discurso que Lucía dijo en aquel escenario.

Visibilizados pero no sensibilizados


Para las directoras, Uruguay tuvo un avance en cuanto a la discriminación, pero no fue grande. “Usamos mucho la palabra inclusión, pero seguimos siendo las mismas personas que cuando te toca trabajar con alguien al cual tenes que ayudar, no gusta mucho, porque hay que trabajar un poco más”, dijo Mónica. Según ella, estamos más abiertos pero todavía falta muchísimo para decir que somos inclusivos como país. “Está visibilizado, no sensibilizado”, agregó.


Con la murga Comodines sufrieron la discriminación en diferentes ámbitos del carnaval uruguayo. En varias presentaciones no les quisieron pagar o el pago fue una miseria. “Valorala como murga, no como discapacitados”, dijo Estela. “También hay personas que piensan que tenemos padrinos que nos bancan, siendo que en la televisión cortaron la parte que aparecía la murga en el desfile”, agregó.


“La idea que siempre se plantea es tratar de salir y no solo al ámbito especial. En ese guetto que estamos todos. Íbamos a la feria de la Intendencia de la discapacidad y ahí nos veíamos todas las instituciones. Ya dijimos que no vamos más”, relató Estela y agregó que no pueden moverse solo en ese ámbito, sino que hay involucrar e integrar a los discapacitados a la sociedad.


En Taita ya eran las 12.30 y no se sentían tantas voces como en la mañana. Se notaba que había llegado la hora del almuerzo. Todos estaban sentados en una mesa larga, cubierta por un mantel estampado, esperando que esté pronta la comida. Mónica y Estela se aprontaban para compartir el almuerzo con ellos, así luego podrían seguir conociendo al artista que los jóvenes llevan dentro.


María Eugenia Arana / Agustín Escudero

Agosto 2018

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