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Dejó todo y se fue a vivir al hogar de niños Juan XXIII

Actualizado: 4 de dic de 2018

Verónica Pérez encontró su vocación entre el campo, la fe católica y niños con historias de abandono.



Era uno de esos días soleados de invierno que dan cuenta de que se está acercando la primavera. Los vidrios de la camioneta estaban bajos y el camino de tierra que llega al hogar hizo que el interior se llenara de polvo. Por eso fue un alivio llegar, salir de la camioneta y respirar el aire fresco del campo en el que se encuentra el hogar Juan XXIII. Lo primero que se veían eran varias construcciones. Pérez después explicó qué era cada una: el salón multiuso, la parroquia, los cuartos, el comedor y el living.



El hogar Juan XXIII pertenece a la diócesis del departamento de San José, pero también tiene convenio con el INAU. Es la materialización de la Iglesia y el Estado funcionando juntos, pero también es la casa de Verónica Pérez y de 20 chicos más.



La casa de Verónica Pérez en el hogar

En 2010, después de un tiempo yendo como voluntaria una vez por mes a pasar el fin de semana con los chicos, Pérez dejó su vida en Montevideo, su trabajo como diseñadora gráfica, su familia y sus amigos, y se mudó al hogar de manera permanente para seguir el voluntariado. Solo le llevó un año darse cuenta de que quería quedarse ahí para siempre. No compara nada con estar con los “gurises”, con el poder transmitirles que con el amor hay muchas cosas que se pueden aliviar, “no sanar”, aclara, “porque hay cosas de sus historias que nunca las vas a poder sanar”.


Hoy, los chicos son parte de su vida, por no decir su vida entera. Para ella, el hogar es algo que “el de arriba” le puso en el camino después de rezar por mucho tiempo. La fe católica es central en la vida de Pérez, aunque no lo era tanto en su familia. “¿Quieren ir a catecismo? Vayan. ¿No quieren ir? No vayan. ¿Quieren ir, después dejar, después volver? Hagan lo que quieran”, eso era lo que les decía su padre a Pérez y a sus tres hermanos.


Fue el colegio Maturana y allí cambió su perspectiva de la fe y el cómo vivirla. “Yo estaba acostumbrada a lo público. Había ido a escuela y liceo público hasta segundo en Nueva Palmira. Cuando nos mudamos a Montevideo me dijeron que tenía que ir al Maturana y yo dije ‘no, si yo siempre fui a escuela y liceo público. ¿Por qué me van a meter en un colegio así?’. Aparte con ese cartel que gritaba ‘colegio de curas’”, contó. Esa vez, fue una de las pocas veces que sus padres eligieron por ella. Y hoy se los agradece porque haber vivido la experiencia de la fe salesiana es la razón de que esté en el hogar.


Al preguntarle si le hubiese gustado tener hijos, Pérez dijo que sí. Pero al hacer referencia a ella como la madre de 20 chicos, dijo que siempre les deja en claro que ese lugar ella no lo ocupa. “Además, ellos adoran a sus madres. Por más de que los haya dejado. Ellos las adoran y sufren cuando no vienen a las visitas a verlos”, agregó.


Historias de abandono, abuso y violencia son moneda corriente entre los chicos que viven en el hogar. Esto hizo que Pérez perdiera capacidad de sensibilidad frente a dificultades que escucha con frecuencia y que desarrollara la habilidad de mostrarse firme frente a los chicos, que suelen necesitar un referente que les enseñe límites.


Contó la historia de Lourdes y sus tres hermanos, que llegaron al INAU porque su madre no les creyó cuando denunciaron a su pareja por abusar sexualmente de ellos. “Son cosas que son inentendibles. Ahora en la adolescencia ellos tienen cuestionamientos más grandes. Con esta madre, por ejemplo, Lourdes le dijo ‘vos preferiste a tu macho antes que a nosotros. Nunca nos creíste, siempre te decíamos y no nos creías. Terminamos en INAU y ahora no nos venís ni a ver’. La madre hace el distanciamiento también. Prefiere no escuchar a ir y que le taladren la cabeza con esas cosas. Y yo a la madre le dije ‘nada de lo que te dicen tus hijos es algo que vos no sepas’”.



Pérez tenía un proyecto de vida diferente antes del hogar. Quería tener una familia, 10 hijos, una casa. Pero cree que a veces uno se preocupa solo por lo suyo y se olvida de los demás. Por eso, hoy su proyecto de vida es otro. Quiere estar en el hogar hasta que pueda dar algo. “No sé si va a ser hasta el resto de mi vida o hasta dentro de un año. Hoy te digo que soy feliz y estoy acá y que no me veo haciendo otra cosa”. Cree que más allá de lo que uno puede darle a los chicos, ellos te devuelven mucho más. Para ella, estar en el hogar no es un trabajo, es un aprendizaje de vida.


Katherine Chamyan / Belén Danza

Setiembre 2018

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