• Corcho

Alta fidelidad al Coiffeur Dawer

Actualizado: 15 de feb de 2019

Una peluquería donde se reúne todo el barrio Malvín


El Coiffeur Dawer del barrio Malvín, sobre la calle Orinoco, abre de lunes a sábados a las 11 de la mañana. Eran 11:30 de un martes de primavera caluroso, pero la peluquería seguía cerrada. Recién una hora después de la supuesta apertura del local, apareció su dueño, vestido con una camiseta blanca, una bermuda de jean y unos championes adidas.


—¡Buen día señor!— saludó Dawer (56) a un vecino, mientras abría la peluquería y acomodaba el desorden del día anterior.


— Dawer, no lo encuentro al tano, lo llamé como mil veces. Creí que estaría en la peluquería— señaló el transeúnte.


—Acá no está, andá hasta la casa, debe estar ahí el tano.


—Ya pasé por la casa y está solo el perro. No importa. Vengo de tarde, Dawer. Si lo ves decile que lo estoy buscando.


Dawer siguió con su tarea. Puso a calentar el agua para el mate, prendió el ventilador de pie y le colocó la capa a un veterano que esperaba pasivamente su turno. Le puso agua a un pulverizador chiquito y mojó el pelo blanco del viejo, mientras lo peinaba para atrás con su peine negro.



Empezó a cortar pelo en el año 82 con un amigo. Antes era vendedor en Brummel, una tienda de ropa de caballeros en 18 de julio, pero nunca le gustó que lo mandaran. Quería ser su propio jefe y una vez aprendido el oficio, abrió su propia peluquería.


—Mi padre no quería que fuera peluquero. Decía que era de trolo— dijo mientras seguía mojando el pelo del cliente. Empezó cortándole a dos o tres clientes por día, porque antes era el boca a boca lo que generaba una clientela en cualquier negocio. Poco a poco fue creciendo hasta lograr independizarse.


Dawer terminó de humedecer el pelo del cliente y justo cuando estaba agarrando la tijera para sacar volumen, la calentadora de agua eléctrica terminó de hervir. Dejó los instrumentos de peluquería, llenó su termo de agua y cebó su primer mate. Luego le cebó otro al cliente, que tomó con gusto, sin importarle el paso del tiempo. “Acá no podés venir apurado”, dijo el cliente mientras le devolvía el mate al peluquero.


—Con la tijera y el peine le compré una casa a mi familia, compré el local de la peluquería y vivo bien. Mal no me fue— señaló, ahora sí, cortando los primeros pelos del cliente. Dawer recibe entre 10 y 14 clientes al día y cobra 400 pesos el corte. La gran mayoría tienen su edad o son mayores y todos se cortan hace años en su local.


—El peluquero es como el cuadro de fútbol— señaló el cliente desde su silla. —Fijate vos que tengo 80 años y solo tuve dos peluqueros, ni siquiera vivo en Malvín y sigo cortándome con Dawer— dijo el cliente.



Pero el Coffieur Dawer es mucho más que un lugar donde muchos malvinenses se arreglan el pelo. Es un punto de encuentro entre amigos, un lugar para charlar y escuchar buena música. En verano, varios vecinos del barrio se reúnen en la entrada del local y prenden el fuego en un medio tanque y se quedan tomando vino hasta la madrugada.


Después de una nueva pausa para fumar un cigarrillo, Dawer encendió su equipo de música. Colocó un pendrive negro y comenzó a sonar Hotel California del grupo americano The Eagles. Ahora sí, con rock de fondo, continuó hasta terminar su trabajo en la cabeza del cliente.


—¿Querés el espejo para ver cómo quedó atrás?— dijo Dawer.


—No, no. Tomá los 400. Gracias Dawer—dijo el cliente y se fue a paso cansino por la puerta de entrada.


—¡Bueno, para con la cerveza!— le gritó Dawer a un tipo que pasaba por la vereda—la renguera que tiene es por tomar cerveza. Es un loco de 30 años— explicó para adentro.

Cambió la canción mientras otro veterano, que estaba ojeando revistas, se sentó en la butaca. Cambió de artista pero mantuvo el género, sonaba Creedence. La peluquería estaba llena de discos y cassetes porque además de cortar pelo Dawer vende discos. Son generalmente recopilados de grandes éxitos de la década de los 60, 70, 80.



Mientras cortaba el cabello explicaba qué era lo que sonaba en cada momento, a modo de reseña y recomendación. Ahora dejó de vender discos porque se pasó a los pendrives. El veterano, con el pelo blanco mojado y la capa puesta, explicaba que cada vez que llegaba con un disco nuevo la mujer le reprochaba: “otra vez fuiste a lo de Dawer y compraste esta porquería”.


Los cortes que hace son mínimos, más bien emprolija, porque la mayoría de sus clientes tienen poco pelo. Corta, además, los pelos gruesos que salen de las orejas y la nariz. Todos los clientes parecen haber llegado a la peluquería antes de tener el pelo blanco y que Dawer fue quien cortó los últimos centímetros negros. Por eso, a nadie le molesta que se fume un cigarro a medio corte, que tome mate, ni que charle con todas las personas que pasan por la vereda. Ninguno viene apurado y todos vienen a más que cortarse el pelo.


Juan Pedro Falco / Mateo Peri


Octubre 2018

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