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A Carlos Gómez le "encanta" custodiar tumbas por las noches

Actualizado: 16 de feb de 2019

Al joven de 25 años no le da miedo trabajar como sereno en un cementerio, por el contrario, "disfruta" de la tranquilidad

Un apagón repentino, casi a la medianoche y en el hall del cementerio más importante de Montevideo parecería ser el escenario más tenebroso en el imaginario popular. Sin embargo, hay un joven de 25 años que convive con esto diariamente y que, lejos de asustarlo, le "encanta".


"Pasa todo el tiempo", explicó Carlos Eduardo Gómez mientras se dirige con ritmo pausado y sin su linterna a los controles de luz. "Recalienta y ahora en un rato ya vuelve", agregó, mientras la totalidad del Cementerio Central permanecía oscuro a lo largo de sus 3 divisiones.


Hace ocho meses que trabaja como seguridad por las noches en la necrópolis "vichando que los vivos no se roben nada". Su jornada laboral comienza a las 22.00 y cada hora sale de su garita para recorrer los corredores del lugar.


Una vez que terminó de arreglar la luz, que progresivamente comienza a cumplir su función, salió del hall de entrada y emprendió camino. Observó las oficinas y recorrió los pasillos de un cementerio cargado a derecha e izquierda de tumbas y monumentos que recuerdan a personas con historias anónimas y a personas de las que se enseña en la escuela.


Hay esculturas enormes y detalladas. La que más impresiona a Gómez es la que cobija los restos de Juan M. Mar... La capa de un ángel de más de dos metros que se encuentra a los pies de un Cristo crucificado que alcanza una altura aproximada de seis metros tapa el resto del apellido del difunto.

Ya pasó la medianoche y es agosto, pero el clima no le impide ver claramente a lo lejos, por lo que Gómez no prende su potente linterna que, al revés de su función, lo encandila. Cuando comenzó a trabajar en la necrópolis estaba "a cuatro ojos" y utilizaba frecuentemente el foco, pero con el paso de las semanas comenzó a tranquilizarse, al punto que solo la enciende en situaciones excepcionales.


Lo que queda de Juan Manuel Blanes, Pedro Figari, Mario Benedetti, José Pedro Varela, Luis Alberto de Herrera, Liber Seregni y de todos los Batlle, entre muchas otras personalidades, se encuentra enterrado bajo la protección de sus tumbas y del protector nocturno Carlos Gómez. Sin embargo, a él no le "cambia mucho" el nombre de los "restos" que descansan bajo tierra.


"Pienso que si estuviera en un cementerio con desconocidos sería lo mismo. Vengo a hacer mi trabajo, no a ver quien está y quién no", explicó mientras rodeaa la capilla alumbrando los escalones y se acerca a la puerta del Panteón Nacional -donde se encuentran algunas de las personalidades mencionadas- ubicada en el centro de la primer división de la necrópolis.


Gómez trabaja junto a un colega durante su turno, pero su compañero debió ir a vigilar otro establecimiento, por lo que el joven de 25 años estará solo hasta las 6 de la mañana, y aunque esto le produzca un poco de escalofríos, tampoco se pone a "pensar cosas raras" porque si no, no sale de la cabina.

"Tragué saliva y arranqué"

Terminado el ciclo básico, Carlos comenzó a hacer changas en la construcción, desenvolviéndose como albañil, sanitario y electricista. Pero un día, ya con pareja y una hija, decidió que era hora de conseguir un trabajo más estable y se postuló para trabajar en una empresa de seguridad privada.


"Me dijeron que iba a empezar trabajando en un cementerio. Tragué saliva y arranqué. Había que hacerlo", contó Gómez, que recibe el mismo pago que cualquier otro seguridad nocturno de la empresa. "Para mí no es trabajo insalubre, es como cuidar un depósito, así que no tengo por qué ganar más".


Cuando esa tarde llegó a su casa con la noticia del nuevo trabajo, su señora, que es cristiana al igual que él, solo atinó a decirle "Orá para protegerte de los espíritus". Sus amigos fueron más allá y le preguntaron si estaba loco y como era que se animaba a trabajar allí.


"Está ese morbo, ese miedo al fantasma, a los espíritus. Toda la gente reacciona para ese lado cuando le decís cementerio en la noche", dijo Gómez.

"Si vos mirás un punto fijo, empezás a ver siluetas, y la vista te empieza a engañar. Esa estatua que está quieta se empieza a mover, te saluda y te habla. Si tenés dudas, vas hasta ahí y lo alumbras, si no terminas sentado afuera las ocho horas", contó.

Gómez aún siente escalofríos algunas noches que hay viento: "Te pegás un lindo jabón con el ruido de las tapas si venís distraído". Pero lejos de perturbarlo, afirmó que "es un lindo lugar y es super tranquilo para trabajar. No es un lugar problemático donde entren todos los días, ni hay riesgo de muerte".

Por más que siempre hay rumores, en estos ocho meses -primero en el Cementerio del Buceo y luego en el Central- él nunca vio a alguien entrando a la necrópolis y por sus creencias tampoco le da importancia a las historias paranormales que se rumorean en el ambiente.


Ambos son cementerios tranquilos, a diferencia del de La Teja, que tiene muros y rejas bajas por lo que es más habitual que intrusos entren por la parte de atrás a refugiarse del frío, o el del Norte, donde los ladrones saltan los muros par tomar todo lo que sea que tenga valor, explicó el sereno.


"Lo recomiendo mucho a alguien que está buscando trabajo de seguridad. Si se compara estar acá adentro o estar en la puerta de un supermercado, cualquier guardia de seguridad te va a decir que prefiere estar acá. Pongo las manos en el fuego. A menos que sea muy supersticioso", opinó mientras camina por el costado de las tumbas más antiguas de la necrópolis que datan de la década de 1830 y que se caracterizan por epitafios largos y elaborados, muchas de ellos con burdas faltas de ortografía.

"Me encanta trabajar en un cementerio en la noche. Hay mucha tranquilidad y eso no tiene precio".

El frío hace mella en esta época del año en el altísimo hall de entrada, por lo que apenas terminada la recorrida, Gómez se refugia impávido en su cabina con calefactor a escuchar la radio y jugar a algún juego en el celular. Mientras tanto, todos los transeúntes nocturnos que pasan por Gonzalo Ramírez y Aquiles Lanza piensan que tiene el trabajo más aterrador de todos.


Agustín Escudero / Eugenia Arana

Agosto 2018

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